Mi
primer contacto con la imagen tuvo lugar en un centro de enseñanza
francés, donde trabajaba como Lector de Lengua Española.
Fue en 1977. De vuelta a España, me dediqué, curso tras
curso, a poner en funcionamiento pobres y olvidados Laboratorios Fotográficos
de institutos y a enseñar/motivar/ entusiasmar a los chicos en
este apasionante mundo. Y puedo decir que en ello aún sigo, con
más entusiasmo y voluntad que medios y posibilidades; al mismo
tiempo, cursos básicos sobre Fotografía a docentes en
Centros de Profesores y, finalmente, algunos trabajos más especiales
que ya he expuesto en dos ocasiones en la ciudad en la que ahora resido,
Zafra (Badajoz).
Definiría
estos últimos trabajos míos como un deseo de plasmar,
en imágenes, lo perenne del tiempo o, si se quiere, lo inmutable
de las cosas que creemos que queda o quedará para siempre en
nosotros; imágenes en las que pretendo mezclar lo real con ciertas
dosis de irrealidad, en un intento de establecer una especie de diálogo
intemporal entre ellas y el espectador. Y, para ello, busco en las "piedras",
acudo a lo que nuestros antepasados nos han dejado y que, pese al paso
del tiempo y, en ocasiones, al desgraciado desperfecto o a la inevitable
transformación, siguen quedando en nosotros como un recuerdo
inmutable, como una imagen ya imborrable. Y he recurrido para estos
objetivos, como puede verse, a la ayuda que los nuevos métodos
y medios tecnológicos hoy nos ofrecen.